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Cuentos Enterrados Vivos

Diarios de Marion

El Adversario I

El Adversario mueve la cabeza a izquierda y derecha y empieza el baile de las cosas negadas. Para cuando su veneno llega al corazón los amigos ya no se reconocen.
El Adversario te acorrala en ti mismo. Te paraliza en tus contradicciones. Te agota en tus justificaciones. No hay muralla que le detenga ni arma que le haga daño. Él levanta las barreras, él carga las armas. No quiere matarnos, ni siquiera desea hacernos mal, lo que quiere es darnos la ocasión propicia para que lo hagamos nosotros. Mata a los justos para incitar a los necios, protege los pasos de la desdicha, él es la máscara, el espejo. Su soledad fundamental le obliga a invitarnos a su casa.
Si comentemos el error de reducir el mundo a nuestra vida es fácil quedar indefensos ante su omnipotencia sobre lo aparente. ¿Cómo no va a dominar él el espectáculo? ¿Quién si no es capaz de producir pavor? ¿De mostrar lo malo? ¿De anunciar la ruina? Sólo la virtud nos protege. Y su búsqueda es un derecho que no nos puede arrebatar. Sólo se vence al mal con el bien.
Es fácil provocar en las personas indefensión, y esa indefensión conduce de forma natural al miedo, a la incertidumbre y la pasividad. A veces empieza con crueldad, no martiriza al inocente si no es para provocar a otro con más potencial un estado de ánimo nihilista donde pueda explayar con naturalidad las miserias que ha ido reprimiendo. Es un relámpago, una chispa en la caverna de nuestro ser que prende los vapores que lo que está podrido en nosotros ha ido desprendiendo.
Conoce la dinámica de nuestros sentimientos mejor que cualquiera, por ejemplo: la fragilidad sin humildad lleva a la frustración, el orgullo enmascara la debilidad expresando el pánico como rabia, la rabia rebasa como ira. La vergüenza de la culpa es transformada por el orgullo en desprecio hacia uno, y un arrogante no se desprecia a sí mismo sin despreciar a los demás. Este desprecio se une con la ira en la agresión. El daño al otro produce vergüenza, más rabia, más ira, más daño. Hasta que sólo se quiere acabar, acabar con todo.
No es verdad que el mejor truco del demonio sea que creamos que no existe: su mejor truco es que queramos que no exista. La modernidad no ayuda a enfrentarnos a esto. En París hay tal afición a la perversión bien argumentada que se han concebido más maneras de negar la humanidad que formas de preparar el queso. Fanáticos profesionales proclaman que el universo es la nada en expansión. Hechiceros de una religión nihilista y oscura intervienen en cada aspecto de la vida para moldear un ciudadano miserable, ignorante a la par que dependiente y miedica, dispuesto a negar cualquier cosa que le incomode o le inquiete, movido exclusivamente por la inercia, andando a tientas por miedo de ver el precipicio. El miserable hombre moderno se ha externalizado y ya no se conoce a sí mismo, ni siquiera concibe esa opción. Recién abandona la infancia se abandona a la corriente que le empuje. Para el hombre integrado parece que a priori todo vale y por lo tanto nada vale y todo da igual. Es un fraude, un simulacro, una cáscara y por eso está dispuesto a enloquecer de furia ante el mínimo reproche. Porque sabe que si deja de negar su culpa podrá ver dentro de sí. Y ver ese vacío da mucho miedo. Viviendo para no morir, mueren.

Pero no quiero con esto reducir el Demonio a lo psíquico. Plantear el mal como un instrumento cultural sería un disparate y una irresponsabilidad. La psique humana le sirve de ventana tanto como de puerta. Podemos ser su expresión como podemos ser la expresión de la divinidad. No somos otro cuando habla por nuestros actos, ni es nosotros cuando nos lo encontramos, pero no podemos referirnos a él sin referirnos a nosotros mismos.

El Oficio de las Sombras

El modelo que no hace mucho me servía como descripción del cosmos se hace pequeño amenazando con desaparecer. Nunca creí habitar ese mapa ilusorio, siempre supe de algo más, algo en realidad intuido que era motor esencial de mi voluntad, un territorio fundamental en el que me movía como un sonámbulo que despierto, duerme.

El poder de esa concepción simplista era su coherencia y su previsibilidad: dibujaba un mundo comprensible y manipulable en el que los viajes se podían hacer con relativa seguridad siempre y cuando conocieras las leyes que lo regían. Y yo las conocía. Aun así insisto: siempre fui consciente de mi ceguera, aunque nunca sospeché que iba a ser tan consciente del más allá.
Si bien esa anticuada representación era de un mundo triste comparado con la estrella que habito, no pierde su valor al dar fundamento teórico a una técnica -un arte- que me permite relacionarme con el mundo de una forma distinta a la habitual. Conforme me adentro en el misterio, esta técnica me parece más tosca, una sombra de otra forma de relacionarse con el mundo a un nivel muchísimo más íntimo de lo que puedo imaginar. Si antes yo era el demiurgo de un medio cuyas leyes conocía a la perfección, ahora soy poco más que un ilusionista que juega con las sombras. Me tienta la idea de crear otro modelo, cultivar otro arte, hacer otra magia, tal vez la verdadera magia, pero todo mi ser se niega en redondo: si manipulando los objetos de la mente me he visto cerca del precipicio, no puedo ni imaginar las consecuencias de mover hilos que implican potencias superiores. Esta ignorante que os habla conoce sus límites y aun así quién sabe si algún día terminará ahorcada por los hilos de sus marionetas.

Y es que siento cómo día a día el mundo engrandece ante mis ojos y el mapa que antes dibujaba casi cada línea de costa, casi cada camino, ahora está lleno de continentes sin forma definida, de dibujos de ángeles soplando nuevos vientos, de serpientes marinas que ordenan las corrientes subterráneas, de enigmas escritos por sabios, de advertencias: “más allá de aquí hay dragones”
El intelecto es criatura de otra dimensión, deformado hasta parecer plano en la lente obtusa del materialismo. A través de esa mirada luminosa contemplo el mundo a veces con una alegría que me colma, otras con vértigo y horror. Ha sido como descubrir una ventana en la habitación que había sido tomada por un cuadro en el que figuraba un paisaje imaginario y que un día descubres que el aire que en verdad te mantiene vivo es el que entra desde ese paisaje, más real que tu propio cuarto. A veces contemplo esa ventana tan llena de emoción que siento un éxtasis inconfesable; otras tengo miedo y me siento como el típico personaje de Lovcraft que descubre en el sótano de su ruinosa mansión un umbral a lo más profundo de la oscuridad donde habita un ser abisal capaz de sentir una locura parecida a la curiosidad. El personaje tiene la certeza de que si ese ser alcanza su mundo su mente no lo soportará y aun así no puede dejar de saber que el umbral existe.

Pero ese acercamiento a la verdad que he vivido en los últimos meses no es incompatible con el oficio de aplicar una técnica que es fundamentalmente mental. Es más, ahora me veo capaz de hacer un uso trascendente de ese arte extraño –como se hace en los oficios de verdad como la ebanistería, que es alimento para el alma- y me he quitado un peso de encima al quedar patente mi insignificancia de titiritero. De hecho, sin esa consciencia de lo trascendente, sin ese temor reverencial hacia lo sagrado, ese oficio de las sombras es el más peligroso del mundo, ya que si tus pies pierden contacto con el Espíritu es más bien fácil perder tu alma enganchada -como una camisa blanca y delicada hecha jirones- en la rama de un árbol que se secó hace tiempo.

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Aníbal

Hace veinte días que no sabemos de Aníbal. Partió con Charo, Gabriel y Ariel y desaparecieron literalmente del mapa. Una semana antes de desaparecer le pedí que se casara conmigo y aceptó.

Aníbal… hasta él acaba pareciendo normal, así es la realidad, todo le cabe.

Tiene nombre de perro grande de extrarradio, ni siquiera se si se lo puso su madre, él mismo o sus primos de Honduras. Su cabeza se parece a la de de un Moái con la nariz rota, o serrada, no se, rara. Su mirada es agresiva y muy macha, hace poco mató a un secuestrador de un ataque al corazón con sólo mirarle, no era su intención asustarlo tanto, pero a Aníbal la gente se le rompe. Después envió el dinero del rescate a la familia del fallecido, genial. Mide dos metros veinte de alto y debe pesar doscientos quilos de músculo. Viste mortajas porque es la única ropa con la que puede cruzar al mundo de los espíritus. Nadie ha tenido valor de preguntarle de donde saca muertos de su tamaño.

Su disfraz de adulto es patético. Le encanta ir en plan Richard Branson y aprovecha la mínima ocasión para bajarse de un helicóptero con un cable o saltar con paracaídas desde un avión militar. Tiene un jet privado –que a veces utilizo para mis viajes y los de mi equipo de fútbol- y no deja pasar la oportunidad de dar órdenes sin reparar en gastos desde sus móviles de última generación con auriculares y micrófono de solapa, que no le pegan ni con cola. En realidad le importan poco o nada las cosas, lo se porque he esquilmado su tarjeta de crédito desde que le conocimos. Una forma de cuidar a la gente que le cae bien es tenerla en nómina; intenta subordinar a todo el que encuentra y dar órdenes fáciles de cumplir, pero nadie le hace caso, y él no insiste, ni se impone. Le gusta ser pesimista y va de tontito pero es muy inteligente. Junto a Pola y Julius, es el único que piensa de verdad en lo que está ocurriendo. A buenas se le convence con facilidad porque confía más en sus amigos íntimos que en él, especialmente en Charo, que es algo así como su madrastra y con la que mantiene una relación perro callejero-vagabunda la mar de arquetípica.

Tiene una mente utilitarista, algo absurdo para un chamán como él. Por ejemplo, ha llegado a afirmar que es suficiente con perdonarse a sí mismo para resultar absuelto de un pecado, que es lo mismo como decir que el infierno es un nicho psíquico en el que los que se sienten culpables hacen cursos de autoestima. En realidad ocurre que cuando encuentra algo que le da de verdad miedo su primera reacción es intentar negarlo y le da infinita rabia fallarnos, por lo que es capaz de ocultar su vergüenza haciéndola pasar por orgullo. Parece mentira que alguien así, que se transforma en un espíritu monstruoso que tira fuego por la boca y por los ojos sea tan mariquita.

Cuando se aburre se vuelve juguetón, y puede portarse como un mimado chantajista. Un día se transformó en lobo –insiste hasta el aburrimiento en intentar parecer un perro, pero apenas parece un lobo- para olisquear a una amiga que había llevado a casa. Se asustó tanto la pobre que tuve que hipnotizarla para evitar un trauma, aunque le ha quedado un justificado terror a los perros. A menudo hay que cortarle un poco el rollo –apelando a su responsabilidad en protegernos- para que no salga corriendo a hacer cualquier cosa que se le ocurre–vigilar, hostigar, lo que sea. Esa aptitud de animal depredador entreteniéndose ha causado más de una desgracia. Cosas terribles que Eugene ha sabido aprovechar. El miedo de Aníbal, más que acabar en manos de Eugene, es acabar haciéndonos daño. El verdadero peligro es que Aníbal, en su afán de ser normal parece un humano con poderes. Pero, lo quiera o no, es también un daimón, un monstruo. Y mientras que no acepte eso no podrá conocerse de verdad, y cambiar lo que no le guste.

Pero Aníbal, además de un crío y un monstruo es también un hombre delicado que ama la belleza y trata con mimo exquisito las cosas pequeñas. Es talentoso y voluntarioso. Fue fácil que me ayudara en el taller, allí era siempre tranquilo, siempre centrado. En la artesanía Aníbal se encuentra de verdad con su espíritu. Todas las mañanas dedicamos varias horas al oficio de la ebanistería, y luego él sigue en la fragua de herrero. Allí todo es un perfecto ritual.

Solo era cuestión de tiempo; en el último mes ha empezado a ligar espíritus a sus obras, se encierra sólo y les pide sus favores, les embelesa con formas y materias adecuados o los obliga. Y él se vincula, como un espíritu más. No lo sabe –no es para nada un hombre de teoría- pero el camino que ha encontrado es el de la alquimia.

Fue en el taller donde le conocí de verdad y me enamoré de él en serio. Creo que todo va a salir bien. Pero tenemos mucho trabajo que hacer. Mucho.

El principio del Arte

Es sin duda un mal momento. Siempre ha sido un mal momento.
Yo estuve el once de septiembre del año 2001 en NY, me enteré por la TV en un bar a sólo unas cuantas manzanas de la “zona cero”. Corrí y corrí hasta reventar, faltaba cruzar un puente cuando la primera torre se hundió.
Sabía que ese osado truco de hipnosis llegaría a todo el mundo, que la magia de su parafernalia afectaría al Inconsciente Colectivo. El mensaje -que en este mundo de zombies es sinónimo de orden- dictaba un cambio de ciclo. Me sentí como un caballero capaz de enfrentarse al dragón, inmune a las armas del resto a los que torra con su fuego; ese ser al que conocía entonces con el nombre de Espectáculo movía su boca de amianto vaporizado diciendo:

“Tengo una cabeza por cada ángel
y una pena por cada niño.
Ahora que habéis olvidado quienes sois
os conozco mejor que vosotros
a vosotros mismos,
y con todo el poder
de vuestra imaginación
vengo a provocar el fin
de la raza humana,
que no será con fuego
ni con enfermedades,
ni meteoritos ni sequías,
ni virus fuera de control,
será un fin mayor que ése.
De vosotros dejaré sólo un eco
en el que no sentiréis más que nada,
la sensación que provoca la ausencia de
algo antaño universal,
mañana inasequible.
Vengo a comerme vuestra alma,
cuando acabe con vosotros,
seréis fantasmas sin otro aliento
que mi miedo”

Luego vinieron las compras por patriotismo.
Un día de resaca me crucé con una mujer delgada y envejecida a causa de las cremas, sonreía con esfuerzo constante, su parar era tenso como el de esos perros indignos que parecen ratas. La imaginé con cáncer, muriéndose, el veneno crecía en su sangre a cada paso que daba. Algún día –le dije sin más- no podrás mantener esa sonrisa. No me causa demasiado reparo hacerle un feo a nadie pero noté el veneno en mí, a cada paso también se acumulaba en mi sangre. Algún día –pensé- no podrás mantener esta fachada. Decidí que había que hacer algo, que había que luchar para seguir siendo humano.
Al principio sólo fueron manifestaciones, cosas pequeñas, ciudadanistas, sin ningún peligro real. Eran como paralelas al otro espectáculo -el alterspectáculo, le llamábamos-, sabíamos que sólo reaccionábamos y que el sistema intentaba utilizar nuestras acciones. Ya estaba harta de esa farsa cuando me detuvieron por primera vez, después de sitiar el edificio que utilizábamos como cuartel general. Habíamos conseguido grabaciones de palizas y varios asesinatos policiales a sangre fría. Entraron a sangre y fuego y se nos llevaron en furgones: el espectáculo de la represión, ese era el resultado. Todo el juego estaba amañado, había que hacer otra cosa que no pasara por la digestión de la bestia. Algo de verdad original. Un Arte.

Titilar

Luce tan pequeña como un punto -de curso tan delicado que la densidad del aire lo desvía- el titilar de una estrella, viaje inmenso que no acaba aquí.
Un pájaro se posa en una ramita, apenas es nada y su canto es mi alma.
Nada se apaga, en cambio, todo parece estar amenazado. La invisibilidad es la cualidad de lo eterno. El mundo es liviano.
Luces tan pequeño como un punto, de curso tan delicado, de viaje tan inmenso. Cualquier cosa, apenas nada. Liviano, invisible.
El mundo caerá sobre tus hombros, ¿quién puede con ese peso sino alguien que no opone, idéntico a sí mismo? Alma, viento, canto de pájaro, tembloroso y minúsculo centelleo.

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La Indefensión Aprendida

El experimento es sencillo, dos jaulas, sendos perros y corrientes eléctricas. Cosas de psicólogos.
Pones un perro en cada jaula. Uno de los perros, llamémosle A, cada vez que recibe una corriente eléctrica dispone de una palanca que puede mover con el hocico. Cuando así lo hace, la descarga para. El otro perro, llamémosle Jodido, está en las mismas condiciones salvo que su palanca no para las corrientes eléctricas. Éstas se activan y se paran cuando así ocurre en la jaula del otro perro, el perro A, con lo que ambos recibirán el mismo estímulo doloroso, solo que Jodido no puede hacer nada por evitarlo, mientras que A puede estar rápido con el hocico y parar la descarga.
Al cabo de un tiempo de sometimiento a la tortura, A muestra un comportamiento y ánimo normal mientras Jodido permanece quieto, lastimoso y acojonado, recibiendo pasivamente incluso cuando hacen que su palanca pase a poder parar las descargas.
Este experimento es sustento de la Teoría de la Indefensión Aprendida, o Adquirida. El sujeto sometido a indefensión acaba asumiendo pasivamente que no tiene ningún control sobre la situación que le afecta y que cualquier cosa que pudiera hacer no cambiará nada.
El sistema crea una ilusión de indefensión espectacular sobre todo el mundo, así que el comportamiento de Jodido no es muy diferente de el del televidente normal, el mecanismo que induce a ese miedo pasivo es tan obvio que un experimento no lo demuestra, sólo lo ilustra.
Imagino a Jodido en su jaula intentando primero raspar el suelo, luego moder un barrote, luego morder la palanca, sufriendo corriente tras corriente a merced del capricho de un psicologo prepotente y un estúpido perro A cuya palanca sí que sirve.
Jodido debería escapar, correr por el campo, rebuscar la basura, marcar en las ruedas y en las macetas, ladrar a su capricho... y si no puede escapar debería mostrarse asustado, con el rabo entre las piernas, confirmando la teoría de su carcelero, esperando un descuido para hundir sus fauces en su blandito cuello de empollón.

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Carta a Pola (II)

Querido Pola, te mando estas impresiones porque creo que eres el más indicado para contestarme. Lo siento, pero parece que te has convertido en algo así como mi guía espiritual. Necesito que le leas esta carta a las olas del mar, y a ver que te contestan.

Conforme tomo perspectiva, la memoria pierde su importancia hasta agotarse en un paisaje muy distinto de la imagen de mi ser y comparado con ella, ese paisaje es más real, más propio, más yo que yo misma. Para intentar explicarme he de recurrir a una leyenda presuntamente muy antigua y a un recuerdo de mi niñez.

Este es el recuerdo de mi niñez:
Cuando era niña mi madre insistía en que practicara hora y media al día el juego del ajedrez. Me ponía ante un computador y ella leía mientras yo jugaba. Cada mes hacía sus tablas de resultados, y exigía avances. Un día leí que un programa de ajedrez no era más que un enorme manual de instrucciones con millones de partidas memorizadas y heurísticos que decidían la jugada más óptima dada la posición de las piezas. Cuando me puse frente a la pantalla me pareció un timo. Yo estaba jugando, pero ella no. Hacía como que jugaba pero en realidad me leía un movimiento que alguien hizo alguna vez en unas condiciones parecidas y resultó óptimo. Le expliqué lo sucedido a mi madre, y ella me buscó un apuesto universitario dispuesto a jugar al ajedrez.
No tardé en contarle mis impresiones acerca de la inteligencia de las máquinas, a lo que él me contó que un jugador de ajedrez, para ser de verdad bueno, ha de memorizar miles y miles de jugadas estandarizadas y que, sobre todo al principio de las partidas, los jugadores no se comportaban de modo muy diferente al de las máquinas. No volví a jugar. Poco después encontré el Go, un juego con tantas variables que la informática no consigue retar a un gran maestro, porque resulta inasequible para la memoria.

Esta es la presunta leyenda china:
Un libro sobre el caos “Espejo y Reflejo” comienza así (tomo lo que me interesa):
"Una antigua leyenda china nos brinda una metáfora de los enigmas del orden y el caos.
Según esta leyenda, hubo una época en que el mundo de los espejos y el mundo de los humanos no estaban separados como lo estarían después. En esos tiempos los seres especulares y los seres humanos tenían grandes diferencias de color y de forma, pero convivían en armonía y además era posible ir y venir a través de los espejos. Sin embargo, una noche las gentes especulares invadieron la tierra sin advertencia y se produjo el caos. Mejor dicho, los seres humanos pronto advirtieron que las gentes del espejo eran el caos. Los invasores eran muy poderosos y sólo se los pudo derrotar y regresar a los espejos gracias a las artes mágicas del Emperador Amarillo. Para mantenerlos allí, el emperador urdió un hechizo que obligó a esos seres caóticos a copiar mecánicamente los actos y la apariencia de los hombres.
La leyenda aclara que el hechizo del emperador era fuerte pero no eterno, y predice que un día el hechizo se debilitará y las formas turbulentas de los espejos empezarán a agitarse. Al principio la diferencia entre las formas especulares y las formas conocidas pasará inadvertida, pero poco a poco se separarán pequeños gestos, se transfigurarán colores y formas y de pronto ese mundo encarcelado del caos se volcará violentamente en el nuestro."

La verdad es que el Emperador Amarillo sabía lo que hacía. Ató a los seres a una imagen. No hemos hecho más que imitar al maestro, añadiendo otras imágenes análogas a la nuestra hasta convertir el alma en mente y la vida en recuerdo.
Esos simulacros de burgueses que llaman a vivir “realizarse” y procuran su vida como si fuera un álbum de fotografías, son una parodia de la forma de vida común, en la que alimentamos monstruos con nuestro ego. Pero el tiempo pasa y la imagen en el espejo, por suerte, se vuelve amenazante. En Orfeo, Cocteau escribe, dictado por Heurtebise, “un ángel de vidrio”: “Los espejos son los puentes a través de los cuales la muerte va y viene. No se lo diga a nadie. Por lo demás, mírese a lo largo de su vida en un espejo y verá a la Muerte trabajar como abejas en una colmena de vidrio
Así, la imagen del espejo nos devuelve la cara de la muerte. Pero es en realidad ella lo único que muere.
Ese mismo libro de Caos empieza con un verso de Chuang Tzu:
"El Emperador Amarillo dijo: “Cuando mi espíritu atraviese esa puerta y mis huesos regresen a la raíz de la cual nacieron, ¿qué quedará de mí?

Creo que intuyo la respuesta: “Todo menos mi puto ego”


Nos vemos pronto, pero no en París.

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